El hermano Paquito
una pequeña crónica...
Todos estábamos cansados, habían pasado tres
largas horas escuchando al hermano Paquito, las sillas del auditorio no eran
las más cómodas, sin embargo nos sostenían, aun cuando ya habíamos caído hace
rato. El calor de aquel verano era insoportable ardía tanto ahí dentro que echábamos fuego, puedo apostar que todos
morían por un baño de agua fría. Mientras nos mirábamos las caras con cierta
singularidad esperando a que Paquito termine de hablar, a mi costado dos chicas
murmuraban: ¡Pobre Paquito, que historia tan trágica! No era para menos, como
dice él “Una lección de vida siempre es una gran enseñanza” y era por esa misma
razón que él la compartía con nosotros sin vergüenza y sin censura aun cuando
la incomodidad de los fúnebres silencios de los oyentes acompañaban su
historia.
A un extremo se podían observar a tres hermanos uno del Champagnat, otro del San
Luis y el último del San José quienes probablemente ya habrían escuchado la
historia un par de veces más, pero aun así se mostraban muy atentos asintiendo
la cabeza a cada palabra que brotaba de la boca del desdichado Paquito. Seguro
ellos también deseaban que acabe rápido para disfrutar de un rico y sabroso
almuerzo situación que fue muy fácil de percibir, ya que uno de ellos miró su
reloj “disimuladamente” y la hora de almuerzo no estaba muy lejana.
Aquel Lunes después de la formación en el
patio principal y luego de dos horas de una aburrida clase de matemática el
hermano quien es el coordinador de secundaria, paso por el salón siempre con su
sonrisa que lo caracteriza y su caminar tan peculiar, se paró en frente de la
clase primero saludando a todos y pidiéndole a Dios que nos acompañe en toda la
semana, nos informó que daría una charla interesante sobre un acontecimiento
que marcó su vida y que los interesados en escucharla podíamos asistir al
auditorio, ya eran las diez de la mañana y el timbre que indicaba que la clase
de matemática ya había terminado sonó, pero aún quedaba una hora más de clase
para el recreo, así que como casi todos queríamos perder la clase siguiente
optamos por ir al auditorio pensando que sería una reunión corta pero nos salió
el tiro por la culata, ya que terminamos perdiendo, no tuvimos ni recreo ni
nada y al parecer también nos perderíamos una parte del segundo receso.
La primera hora parecía interminable, la
segunda ni que decir, pero tenía la dicha de estar adelante observándolo y a la
vez analizándolo, su semblante cambiaba conforme iba tocando partes de su vida que
le incomodaban tiene 50 años pero se nota y ahora que lo sabemos se puede
afirmar que la vida no lo ha tratado bien, sus marcadas líneas de expresión se
le podían notar aun a lo lejos y muy pronto su rostro estaría marcado con las
arrugas, su cabello blanco no lo ayudaba mucho sino que más bien aumentaba su
edad, su tamaño no más de metro setenta y sus penetrantes ojos verdes combinaban
bien con aquel polo celeste.
Conforme el hermano Paquito nos contaba su
conmovedora historia, por atrás se escuchaban murmullos, alguien alzó la mano y
el hermano concedió a darle la palabra, Marilú quien había estado muy atenta
preguntó: ¿Por qué dice que lo que le sucedió fue un castigo de Dios? Estamos
en un colegio católico donde nos han enseñado que Dios no castiga, sino que
cada uno de nosotros forma su propio camino, el hermano quedó anonadado, puesto
que el mismo cuando nos enseñó el curso de religión de cierta manera nos
inculcó esta ideología, de una manera audaz accedió a responder que había
confundido las cosas y que se expresó mal, tienes razón dijo, “Dios no castiga,
sino que remide” luego de haber escuchado la respuesta, Marilú se sentó y Paquito
prosiguió poniéndonos un video de no más de diez minutos, con relatos de distintas
personas que sacaron de una mala experiencia un modo de vida mejor y que son
pruebas de Dios para certificar nuestra perseverancia aquí en la tierra.
Paquito no se cansa, el sigue parado y muy
serio contando su infortunio, nos cuenta que antes de decidir ser un hermano
Marista él había hablado con Dios prometiéndole que sería uno más de sus ayudantes,
al terminar el colegio Paquito había decidido ser sacerdote y tenía mucho
entusiasmo por participar activamente en todos los círculos vocacionales que se
le presentaran para poder ser admitido en el seminario Santo Toribio de
Mogrovejo de Lima el cual fue fundado el 7 de noviembre de 1590. Después de dos
de largas luchas y asistencias a las charlas y círculos vocacionales Paquito es
admitido en el seminario, la tranquilidad que emana de aquel lugar resultaba de
mucho agrado para mí, aun puedo sentir la paz en mi interior, recalca. Una mañana
mandaron a Paquito a la tienda que se encontraba en el cruce de la avenida La
Marina y Sucre, ahí lo atendió una linda señorita de tez blanca, cabello negro
y unos grandes y hermosos ojos marrones claros, Paquito dice que quedó
impresionado al verla, pero rápidamente aparto aquel pensamiento malicioso de
su cabeza y le pidió que le vendiera dos
kilos de azúcar, no entablaron conversación más allá del pedido, pero Paquito
cuenta que se pasó todo el día pensando que era la mujer que más le había
llamado la atención a sus 19 años, así la mañana siguiente y la siguiente Paquito
iba con cualquier excusa a la pequeña tienda solo para verla un rato, cierto
día él decidió entablar un tema de conversación con ella y la manera en la cual
se expresó lo fascino fue desde entonces que dudó de su vocación como
sacerdote, fueron unos días duros para mí , reitero .
La historia se hacía cada vez más
interesante, pero ya sabíamos a ciencia cierta cómo iba a terminar todo, al fin
y al cabo Paquito estaba en el colegio como coordinador y no como sacerdote de
una iglesia, pero esa tristeza que producía su mirada propiciaba que no se
venían cosas buenas.
Así Paquito se enamoró de su actual esposa
Mercedes quien es un año menor, luchó contra todos los comentarios de sus
amigos y familiares, quienes en un momento le dieron la espalda, pero
terminaron aceptando su decisión, después de dos años de enamoramiento Paquito
y Mercedes se casaron y tres años más tarde nacería Julito, su angelito de la
guarda. El día en que les dieron la noticia de que tendrían un hombrecito Paquito
fue el hombre más feliz del mundo, había planeado enseñarle muchas cosas y por
supuesto también buenos valores pero su felicidad no duró mucho, Julito nació
pero al mes le detectaron una extraña enfermedad en sus pulmones la cual hacía
que en cualquier momento Julito se ahogara sin razón aparente, “sufrimos mucho,
pero nunca dejamos de perder la fe en Dios, hasta el día de hoy” .Cierta noche,
mientras Paquito y Mercedes dormían el corazón de Julito dejó de latir ,nos
comenta que no dejaba de culparse a si mismo y también a Dios por tremendo
castigo que le había mandado, en ese momento era lo que pensaba, pero con el
pasar del tiempo se dio cuenta que era una prueba de el señor para probar su fe
, junto con su esposa decidieron no tener más hijos y dedicarse a una vida
llena de Dios y ayudando al prójimo, así fue como llegó a la comunidad de los
hermanos Maristas hace ya más de 15 años, enseñando con amor y paciencia,
preparando labores sociales y colectas para los más necesitados.
Al
terminar su historia, prendió las luces y nos agradeció por nuestro tiempo, su
rostro reflejaba que aún le dolía aquella pérdida y no es para menos,
entendimos que por más adversidades que se nos presenten en la vida nunca hay
que rendirse y lo más importante es que nunca debemos perder la fe.
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